¿Existió Pelayo? (II)
Continuamos la serie sobre la historicidad de Pelayo y los problemas a los que nos enfrentamos con las fuentes documentales.
Anteriormente habíamos hecho un repaso general sobre las distintas fuentes documentales que tenemos sobre Pelayo y cuándo aparecieron.
En esta parte nos centraremos más en la problemática de tales fuentes y en la posibilidad de que los primeros choques armados no se dieran en la cordillera asturiana sino en otro sitio.
Los problemas de las fuentes y el silencio de la Crónica de 754
Hay que aclarar que la distancia temporal no vuelve inútil una crónica; esto ya lo vemos cuando se intentan reconstruir muchas etapas de la Antigüedad y el Medievo con textos posteriores. Sin embargo, estamos obligados a preguntarnos sobre las circunstancias de los autores: qué sabían, mediante qué vías obtuvieron la información y con qué propósito escribían. Si encontramos varios pasajes con genealogías diferentes o que presentan a un protagonista de distintas maneras, no basta con reunirlos en una biografía única que elimine sus contradicciones.
En el caso de Pelayo, la elaboración teológica es explícita. La Crónica de Alfonso III compara la destrucción de los fugitivos con el aniquilamiento de los egipcios que perseguían a Israel:
El obispo Oppas fue preso, y Alkaman fue muerto: en el mismo lugar perecieron también 124.000 caldeos, los 63.000 que restaban treparon a la cumbre del monte Auseba y bajaron precipitadamente por la rápida declive del monte que comunmente se llama Amosa. y se dirigieron al territorio de los liebanenses. Mas no lograron escapar a la venganza del Señor, porque caminando por la cima del monte que está situado sobre la orilla del rio Deba, cerca del campo llamado Casegadia, se cumplieron evidentemente los altos juicios de Dios, pues el mismo monte, conmoviéndose en sus cimientos, arrojó al río con grande estruendo a los 63.000 caldeos y quedaron todos sepultados. […] No juzguéis este milagro como inútil o fabuloso, y recordad que aquel que sumergió en el mar Rojo a los egipcios que perseguían a Israel, es el mismo que sepultó bajo la inmensa mole de la montaña a los árabes que perseguían la Iglesia del Señor.
—Crónica de Alfonso III 10. Trad. Nicolás Castor de Canuedo. Disponible en https://sourcebooks.web.fordham.edu/source/16%20Cronica%20Alfonso%20III.pdf..
Sus discursos y milagros explican por qué Dios habría protegido al nuevo poder. No son registros de conversaciones ni partes militares, sino elaboraciones con un profundo sentido político y religioso. La cifra conjunta de 187.000 enemigos pertenece a esa magnificación del triunfo y no proporciona una base para calcular el tamaño de un ejército histórico.
Por si fuera poco, también hay dificultades cronológicas. La Albeldense relaciona la rebelión con el gobierno de Yūsuf en Córdoba, situado entre 747 y 756, pero fecha la muerte de Pelayo en 737. Esta incompatibilidad impide aceptar literalmente todas sus indicaciones. Las fechas de inicio del reinado o de Covadonga se obtienen mediante reconstrucciones que necesitan escoger, corregir o interpretar los datos transmitidos.
Cuánto pesa un silencio
La ausencia de Pelayo en la Crónica de 754 merece atención porque hablamos de una obra cercana a la conquista y capaz de narrar resistencias, campañas y conflictos políticos. Su silencio resulta difícil de conciliar con la imagen de una victoria inmensa y de repercusión peninsular inmediata. Esta observación debilita la escala del acontecimiento tradicional mucho más claramente de lo que resuelve la existencia del personaje.
Un enfrentamiento local pudo quedar fuera de sus intereses o de sus redes de información. La crónica no es un inventario completo de todo lo sucedido en Hispania, y no sabemos qué noticias desde Asturias alcanzaban a su autor (situado posiblemente en Toledo, Córdoba u otro lugar de territorio andalusí). Por eso, su silencio no demuestra que nunca hubiera un dirigente llamado Pelayo ni una resistencia montañesa, pero sí impide representar el relato alfonsino como si estuviera corroborado por la principal narración conservada del siglo VIII.
No obstante, más adelante veremos que esto está relacionado con otros problemas que complican más todo este asunto, no es solamente cuestión de una fuente documental.
La expedición pirenaica y la propuesta de Chalmeta
Chalmeta concede especial importancia a la campaña de ʿAbd al-Malik en la Crónica de 754: un ejército entra por pasos estrechos, encuentra resistencia en las alturas y se retira con pérdidas. Plantea que este episodio, posiblemente situado cerca del actual Monasterio Viejo de San Juan de la Peña, pudo proporcionar el núcleo posteriormente transformado en la victoria asturiana. Su lectura desplaza el centro del problema desde Covadonga hacia los Pirineos y cuestiona la cronología convencional.
Al ser reprendido el ya nombrado Abdelmelic por una orden del príncipe, porque nada provechoso obtenía con una victoria militar sobre los francos, inmediatamente sale de Córdoba con todo su ejército; se propone arrasar las montañas pirenaicas habitadas, y dirigiendo su expedición por lugares angostos no consigue nada favorable. Atacando aquí y allá con su poderoso ejército los lugares imprescindibles, se retira al llano y vuelve a su patria por lugares inciertos, después de haber perdido muchos guerreros, teniendo que reconocer el poder de Dios a quien habían pedido misericordia los pocos cristianos que ocupaban las cumbres.
—Crónica de 754, 81. Trad. José Eduardo López Pereira. Zaragoza: Anubar, 1980.
Aquí conviene separar tres afirmaciones:
- La crónica menciona unas cumbres pirenaicas; Chalmeta las interpreta en su contexto franco y propone una localización más precisa en el entorno del río Gállego en Aragón.
- Interpretar ese episodio con el origen literario de Covadonga exige demostrar una relación adicional.
- Los paralelos merecen estudio, pero no bastan por sí solos para acreditar la copia de un relato, y menos aún la invención completa de una sucesión regia.
Pero como hemos comentado más arriba, estas razones, una por una y por sí solas, no son el verdadero problema frente a la narración tradicional; el verdadero problema es la acumulación de ellas y la plausibilidad históricas que plantean.
La dependencia entre las tradiciones historiográficas
Que diez obras repitan una noticia no significa que dispongamos de diez confirmaciones, porque si nueve proceden de la décima o de una misma tradición, lo que tenemos es una noticia difundida muchas veces. Para valorar su fuerza, debemos estudiar las relaciones entre textos y la procedencia concreta de cada información.
La Rotense y la Sebastianense comparten una parte sustancial de su relato. La Albeldense pertenece al mismo horizonte político e intelectual, aunque las relaciones exactas entre las obras y sus posibles antecedentes siguen discutiéndose.
Ahora bien, tampoco las noticias árabes pueden agruparse como una voz externa completamente independiente. Chalmeta defiende su dependencia de la tradición asturiana y señala la repetición de duraciones de reinado y secuencias dinásticas. La circulación de noticias entre ambientes cristianos y andalusíes hace posible ese préstamo.
En cuanto al testamento, si su copia conservada pertenece a finales del IX o al X, hay que averiguar si reproduce un preámbulo antiguo, si fue reelaborado o si guarda relaciones con los textos de ese momento, ya que la coincidencia de ideas puede deberse a una copia directa, a fuentes compartidas o a un lenguaje político común.
La genealogía que une a Pelayo con Alfonso I
La cadena tradicional es sencilla: Pelayo tiene dos hijos, Favila y Ermesinda; Favila lo sucede; Alfonso I, esposo de Ermesinda, ocupa después el trono. Esa construcción enlaza dos grupos familiares y convierte el cambio de gobernante en continuidad dinástica. La Albeldense y la Rotense proporcionan las noticias explícitas del matrimonio; el testamento, si su preámbulo es de 812, sería un indicio anterior de la conexión por vía femenina.
La función legitimadora resulta clara. Su veracidad no queda resuelta por esa función. Un parentesco real podía ser destacado y utilizado políticamente, del mismo modo que podía inventarse o remodelarse. Con los testimonios examinados no podemos verificar de manera independiente todas las filiaciones.
La ascendencia del propio Pelayo tampoco es uniforme. Una nómina de reyes transmitida dentro de la tradición de la Albeldense lo llama hijo de Vermundo y nepos del rey Rodrigo, mientras que otros pasajes lo relacionan con el duque Favila. El valor de nepos y la historia particular de esa lista requieren atención: no basta con traducirlo siempre como «nieto» ni con suponer que todos los textos reunidos en un códice fueron redactados a la vez. La diversidad de filiaciones muestra los límites de una genealogía construida sumando noticias de versiones distintas.
La descendencia de Favila, mencionada por la inscripción de Santa Cruz, añade una pregunta: ¿por qué no lo sucedió alguno de sus hijos? No sabemos sus edades, su sexo ni su posición política. Dacosta utiliza este problema para cuestionar las explicaciones demasiado simples de la sucesión. La existencia de descendientes no demuestra una usurpación de Alfonso ni un sistema sucesorio fijo basado en las mujeres. Esto será tratado con más profundidad en la tercera y última parte de esta serie.
La monarquía que (re)organiza su propio pasado
A partir de Alfonso II y, sobre todo, con Alfonso III, el neogoticismo cobra fuerza y se utiliza como elemento fundamental de legitimación dinástica y política. El neogoticismo ofrecía a los reyes un pasado prestigioso, un lenguaje institucional y argumentos de preeminencia frente a otras aristocracias. También podía servir en sus relaciones con la Iglesia y con otros poderes, así que no debemos reducirlo a una operación diplomática ni suponer que todo su desarrollo respondió a un plan único.
Georges Martin ha insistido en que la utilización del pasado godo no equivale siempre a un programa de conquista de toda Hispania: puede explicar la consolidación interna del reino ovetense. Desde esta perspectiva, la imagen restauradora de Pelayo informa sobre las necesidades de legitimación del momento en que se escribe y no demuestra cuáles fueron las intenciones de un jefe del siglo VIII.
Finalizamos aquí esta segunda parte. En la próxima, y final, expondremos las últimas fuentes que nos quedan por analizar: la Inscripción de Santa Cruz, el cuaderno del Testamento y la Cruz de la Victoria.
La bibliografía utilizada será referenciada al final de esta serie para no tener que repetirla en cada parte.
Créditos y licencias de las imágenes:
Figura 1. Relieve procedente de Global Multi-Resolution Topography Synthesis (GMRT; Ryan et al., 2009). Selección del área, tintas de altitud, sombreado y rotulación adaptados con asistencia de ChatGPT. Licencia CC BY 4.0.
Figura 2. Ilustración histórica realizada por Álvaro Valverde para Desperta Ferro.
Figura 3. Relaciones historiográficas y de dependencia en las fuentes que atañen a la cuestión Pelayo-Covadonga. Fuente: Chalmeta, 2022, p. 40.
Figuras 4 y 5. Árboles genealógicos y relaciones familiares de los distintos reyes asturianos según la crónicas alfonsinas. Fuente: www.homar.org.
Figura 6. Genealogía transmitida y filiaciones discutidas. Elaboración original para esta entrada con asistencia de ChatGPT, a partir del testamento atribuido a Alfonso II, la Crónica Albeldense, la versión Rotense de la Crónica de Alfonso III y la inscripción de Santa Cruz. Composición ofrecida bajo CC0 1.0.
