¿Existió Pelayo? (I)

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Estatua de Pelayo en el santuario de Covadonga

Pelayo, el caudillo astur, el primer rey de la Reconquista, según la historiografía más tradicional y nacionalista española, el iniciador de la Restauratio Hispaniae o el continuador del reino visigodo de Toledo, es uno de los personajes más intrigantes de la historia de España.

Se han escrito ríos de tinta sobre él, sobre su papel en el comienzo de la resistencia cristiana en el norte de la Península Ibérica frente al califato Omeya de Damasco y sobre si fue una figura mítica, una real, tal y como la describen las crónicas, o una invención total de los autores medievales.

Iniciamos una serie en la que haremos un repaso sobre lo que sabemos de él, las fuentes que lo nombran, qué le atribuyen y las dificultades historiográficas que han sido surgiendo a lo largo de las décadas de investigación histórica.

El papel de Pelayo según la visión histórica tradicional

Para la historiografía más tradicional, Pelayo es un restaurador del Reino Visigodo y el legítimo rey de España (Spania, la Península Ibérica). De acuerdo con el relato tradicional, habría sido un noble godo que huyó de Córdoba y se refugió en las montañas astures donde organizó una resistencia frente a los musulmanes que habían invadido la Península en el 711 y que habían derrotado a Rodrigo y a su ejército en Guadalete.

Después de haber rechazado al Califato en Covadonga (Asturias) alrededor del 721, habría organizado un reino cristiano independiente en el norte que habría sido el germen de lo que luego serían los principales reinos cristianos medievales que irían reconquistando España a los musulmanes durante la Edad Media, hasta finalizar dicho proceso a finales del siglo XV, en 1492, con la conquista de Granada, último bastión de los invasores después de ochocientos años.

Dentro de ese esquema, Pelayo desempeña tres funciones relacionadas:

  1. Proporciona un fundador a la monarquía asturiana.
  2. Establece un puente con el reino visigodo.
  3. Ofrece un comienzo identificable a una historia de recuperación territorial que culminaría muchos siglos después.

Una sucesión de guerras, pactos y formaciones políticas diferentes queda así organizada como una empresa de continuidad casi ininterrumpida.

Esta visión tuvo distintas formulaciones. La lectura providencialista atribuía la victoria a la protección divina; la historiografía nacional de época contemporánea la convirtió también en un episodio originario de España. El lenguaje de títulos como Orígenes de la nación española, de Claudio Sánchez-Albornoz, expresa bien la importancia concedida a la monarquía asturiana dentro de esa reconstrucción, pero eso no significa que todos sus defensores aceptasen literalmente los milagros o las cifras de las crónicas.

Conviene evitar, por tanto, una caricatura: la historiografía tradicional también practicó crítica documental y discutió fechas, itinerarios y personajes; sin embargo, lo cuestionable es que se utilice la continuidad nacional o dinástica como punto de partida y después se seleccionen las noticias que parecen confirmarla. La fecha de 721-722 y la condición de Pelayo como iniciador consciente de una empresa secular necesitan justificación propia; no quedan demostradas por su repetición.

Pelayo en Covadonga, 1855. Luis de Madrazo.
Figura 1. Luis de Madrazo, "El rey don Pelayo en Covadonga", 1855. La pintura representa la memoria del episodio en el siglo XIX, no el aspecto documentado de Pelayo ni una reconstrucción del siglo VIII. Museo Nacional del Prado, P006272. Reproducción obtenida de Wikimedia Commons, marcada como dominio público. Crédito completo al final.

Las fuentes y sus problemáticas

Las fuentes que nos hablan de Pelayo y Covadonga son bastantes, pero tienen la particularidad de que no fueron absolutamente coetáneas a los hechos que narran; cosa normal en casi cualquier época histórica, por otro lado.

A continuación, el listado, una pequeña descripción y la problemática que atañe a cada una.

La inscripción de Santa Cruz y su fecha de 737

Figura 2. Dibujo de la inscripción de Santa Cruz de Cangas de Onís, publicado por Ciriaco Miguel Vigil en 1887. Reproducción histórica del texto epigráfico, no fotografía de la piedra original.

Es la fuente que podría situarnos más cerca de los acontecimientos narrados por el relato histórico. Esta inscripción se encuentra en la iglesia de Santa Cruz de Cangas de Onís y está fechada en el 737, fecha tradicional de la muerte de Pelayo y de la subida al trono de su hijo y sucesor Favila. Se trata de una inscripción consecratoria donde los donantes agradecen a Dios su protección y construyen la iglesia en su honor.

El problema es que no menciona a Pelayo por ninguna parte. Nos referencia a Favila, a su esposa Froiliuba y a su descendencia (pero sin decir sus nombres).

Nos encontramos con que, por sí sola, no demuestra que Favila fuera hijo de Pelayo. Debido a su importancia, más adelante volveremos sobre su transmisión y el cuestionamiento de su autenticidad. 

Las crónicas de 741 y 754

La Crónica de 741 o arábigo-bizantina, y la Crónica de 754, o mozárabe, son las dos crónicas más cercanas a los hechos acaecidos por la conquista de Hispania por el Califato; desgraciadamente, no nombran a Pelayo. La segunda es esencial porque proporciona muy buena información sobre la conquista y los primeros gobernadores de al-Ándalus; sin embargo, aunque el autor vivió durante el siglo VIII, eso no significa que fuera testigo presencial de los acontecimientos narrados.

La Crónica de 754 describe una expedición al norte dirigida por ʿAbd al-Malik ibn Qaṭan para someter a poblaciones rebeldes en las cumbres pirenaicas durante su primer gobierno (732-734). La campaña fracasa y el ejército pierde hombres al internarse por lugares angostos y agrestres. Por ningún lado se identifica a estos rebeldes con Pelayo ni se nombra a Covadonga como escenario de la derrota.

La Donación de Alfonso II fechada en 812

Figura 3. Alfonso II representado en el Liber Testamentorum de la catedral de Oviedo, hacia 1118. La miniatura permite ilustrar la construcción medieval de la memoria de la monarquía asturiana.

El documento conocido como Testamento del Rey Casto contiene una donación a San Salvador de Oviedo y declara la fecha del 16 de noviembre de 812. Su preámbulo presenta a Pelayo como un dirigente salvado por Cristo que venció a sus enemigos y defendió a su pueblo. Aunque aquí ya se menciona, por primera vez, a Pelayo en una fuente documental, no ofrece una descripción de Covadonga comparable a la de las crónicas posteriores.

A destacar que hay un detalle decisivo para la genealogía: presenta a Fruela I como nieto de Pelayo por parte de una hija, sin dar el nombre de esta; por tanto, si ese pasaje pertenece efectivamente a 812, tendríamos una afirmación de continuidad familiar anterior a las crónicas alfonsinas y no sería correcto afirmar que estas contienen necesariamente la primera noticia de tal parentesco.

La dificultad reside en determinar la antigüedad de la redacción transmitida. Elena E. Rodríguez Díaz propone que el cuaderno conservado se confeccionó a finales del siglo IX o ya en el X. Su análisis no pretende resolver por sí mismo la autenticidad histórica de todo su contenido: una copia tardía puede reproducir un documento anterior, incorporar modificaciones o combinar materiales de distintas épocas, pero no tenemos la seguridad de que el documento original fuera, efectivamente, de 812. Además, se sospecha que el documento pudo haber sido manipulado bajo el mandato del obispo Pelayo de Oviedo en un contexto de conflicto por el mantenimiento de la primacía de su diócesis frente a León o Toledo. El citado obispo es conocido por haber manipulado otros documentos durante su mandato, por lo que podría haber hecho cambios en una época en la que el neogoticismo era la visión dominante.

La donación del Alfonso III al presbítero Sisnando (863)

Se trata de una donación fechada el 15 de abril de 869, relacionada con la iglesia de Santa María, tradicionalmente identificada con Tiñana (Siero).

El documento menciona unas propiedades que Alfonso II habría adquirido judicialmente de los bienes de su bisabuelo  Pelayo:

Ex proprietate bisavi sui domini Pelagii.

Javier Rodríguez Muñoz advierte expresamente que la transcripción conservada para el padre Flórez (pues el original está perdido), presenta lecturas defectuosas en algunos pasajes. Así pues, todavía sería necesario examinar detenidamente su transmisión diplomática y la posibilidad de interpolaciones.

Además, aunque el pasaje sea auténtico, la referencia genealógica no está demostrada, pues aparece durante el reinado de Alfonso III, precisamente en el periodo de elaboración de la ideología neogoticista.

La Crónica Albeldense y el horizonte de 881-883

La Albeldense, cuyo núcleo y continuaciones remiten a 881-883, ofrece un relato explícito de Pelayo dentro de la sucesión de los gobernantes asturianos. Le atribuye diecinueve años de reinado, la rebelión contra los conquistadores, la derrota del ejército de Alcama, la captura del obispo Oppa y la muerte de Munuza, situando su fallecimiento en Cangas en la Era 775, equivalente a 737.

Del mismo modo, establece los vínculos familiares: Favila es su hijo; Alfonso es su yerno y se casa, por disposición de Pelayo, con una hija llamada Bermisinda, variante del nombre que solemos normalizar como Ermesinda (o Hermesinda). Estamos ante una noticia clara, pero escrita aproximadamente siglo y medio después del matrimonio que pretende describir.

La Crónica Profética de 883

Esta crónica está transmitida dentro del conjunto de textos asociados a la Albeldense e interpreta el dominio musulmán mediante un cómputo y una lectura profética que anunciaban su final próximo. Su interés para esta cuestión es principalmente ideológico: permite observar el ambiente en el que la recuperación del poder godo y las expectativas depositadas en Alfonso III adquirían sentido político y religioso. No constituye una confirmación independiente de la familia de Pelayo.

La Crónica de Alfonso III y sus dos redacciones principales

La cronología precisa de sus redacciones se discute dentro de un horizonte que comprende finales del siglo IX y comienzos del X; Chalmeta sitúa la obra hacia 914-920. Las denominaciones Rotense y Sebastianense o A Sebastián identifican versiones de una tradición textual relacionada, no declaraciones de dos testigos del siglo VIII.

La Rotense presenta a Pelayo como espatario de los reyes Witiza y Rodriga, introduce el conflicto de Munuza con su hermana y cuenta la huida y la elección del protagonista por los astures. La Sebastianense destaca su condición de hijo del duque Favila y de estirpe regia, y atribuye un protagonismo mayor a los godos refugiados en Asturias. Las diferencias afectan a la imagen social del fundador y a quienes legitimaron su autoridad.

Ambas desarrollan la victoria providencial, con un ejército desmesurado, proyectiles que vuelven contra los atacantes y una catástrofe que acaba con los fugitivos. La Rotense menciona expresamente a Ermesinda como hija de Pelayo y esposa de Alfonso, y después presenta a Favila como hijo y sucesor del primero. La Sebastianense añade a Alfonso una ascendencia en la que estarían Leovigildo y Recaredo. No debemos adjudicar indistintamente a todas las versiones una frase leída en una de ellas.

Figura 4. Comienzo de la Crónica de Alfonso III de Asturias. Códice de Roda, siglos X-XI.

Las noticias árabes de los siglos X y XI

Una tradición atribuida a ʿĪsā ibn Aḥmad al-Rāzī, autor del siglo X, y noticias transmitidas por Ibn Ḥayyān y por los Ajbār maŷmūʿa, compilación de datación discutida habitualmente situada en el XI, recuerdan a un rebelede llamado Balāy, identificado con Pelayo. sus seguidores se refugian en una peña y terminan reducidos a un grupo que los musulmanes consideran insignificante.

Estos textos ofrecen otra representación del episodio: predominan el asedio, el hambre y el desprecio inicial hacia los resistentes. Pero son posteriores a los hechos y sus noticias se transmiten mediante compilaciones y citas. La atribución a un autor del siglo X no significa que conservemos su relato en un manuscrito de esa fecha. Tampoco la palabra árabe Ŷillīqiya debe trasladarse automáticamente al contorno de la Galicia actual.

Las reelaboraciones de los siglos XII y XIII

La Historia Silense, el trabajo del obispo Pelayo de Oviedo y las grandes compilaciones de Lucas de Tuy y Rodrigo Jiménez de Rada continúan y amplían la memoria del fundador. Estos documentos pueden conservar materiales de interés, pero su distancia respecto al siglo VIII es todavía mayor. Una noticia adicional debe examinarse en su contexto de transmisión; su aparición en una obra posterior no la convierte automáticamente en información antigua.

Y una aclaración para quien se acerque a esto por primera vez: el rey Pelayo y el obispo Pelayo de Oviedo son personas distintas, separadas por varios siglos. Confundirlos oculta precisamente uno de los problemas: la intervención del segundo y de su entorno en la documentación y en la memoria de los primeros monarcas.

Al Maqqarī y la transmisión del siglo XVII

Al-Maqqarī recoge en su Nafḥ al-ṭīb noticias anteriores, entre ellas las atribuidas a al-Rāzī e Ibn Ḥayyān. Su obra es valiosa porque transmite textos que de otro modo no conoceríamos, pero no es un testimonio contemporáneo de la conquista. La fecha del compilador, la del autor citado y la de la información utilizada deben mantenerse separadas. Este cuidado resulta esencial cuando se presenta su narración como una confirmación musulmana de Pelayo.

Figura 5. Fechas de los acontecimientos y fechas de los testimonios. La donación de 812 aparece como testimonio de datación material discutida; el horizonte de las crónicas alfonsinas no establece un orden definitivo entre sus redacciones. Elaboración original para esta entrada, CC0.

Hasta aquí las pruebas documentales que tenemos actualmente y una somera descripción de las problemáticas que arrastran. En la siguiente parte, analizaremos los problemas de estas fuentes y el silencio de la Crónica de 754.

La bibliografía utilizada será referenciada al final de esta serie para no tener que repetirla en cada parte.

Créditos y licencias de las imágenes:

Figura 1. Luis de Madrazo y Kuntz. El rey don Pelayo en Covadonga. 1855. Museo Nacional del Prado, inventario P006272. Reproducción procedente del Prado, distribuida en Wikimedia Commons como reproducción de una obra en dominio público, con Public Domain Mark 1.0. Se utiliza el archivo disponible, sin recorte adicional. Ficha y archivo original: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:El_rey_Don_Pelayo_en_Covadonga_(Museo_del_Prado).jpg. Declaración: https://creativecommons.org/publicdomain/mark/1.0/.

Figura 2. Dibujo de la inscripción de Santa Cruz de Cangas de Onís. Publicado en Ciriaco Miguel Vigil, Asturias monumental, epigráfica y diplomática, datos para la historia de la provincia (Oviedo, 1887), tomo II, lámina J V, núm. J18. Digitalización de Internet Archive, difundida mediante Wikimedia Commons. Dominio público. Imagen recortada de la lámina para aislar la reproducción del epígrafe; se trata de un dibujo histórico, no de una fotografía de la piedra original. Volumen digitalizado.

Figura 3. Autoría anónima. Alfonso II en el Liber Testamentorum, hacia 1118. Catedral de Oviedo. Reproducción difundida mediante Wikimedia Commons. Dominio público, con Public Domain Mark 1.0. Sin modificaciones. La imagen pertenece al cartulario del siglo XII. Ficha y archivo original.

Figura 4. Autoría anónima. Comienzo de la Crónica de Alfonso III, Códice de Roda, fol. 178r, siglos X–XI. Real Academia de la Historia. Reproducción procedente de su biblioteca digital, difundida mediante Wikimedia Commons. Dominio público, con Public Domain Mark 1.0. Sin modificaciones. Ficha y archivo original.

Figura 5. Cronología de acontecimientos y testimonios. Elaboración original para esta entrada con asistencia de ChatGPT, a partir de las fuentes y estudios citados. Composición ofrecida bajo CC0 1.0.

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