Ley vs. realidad. El público en los espectáculos romanos
Se me ha ocurrido escribir esta pequeña entrada como consecuencia de mi experiencia dirigiendo tours históricos en mi ciudad.
Bien es sabido que a la gente le pirra la Antigua Roma, por lo que, al llegar al teatro romano de mi ciudad y explicarlo, a las personas les surgen ciertas dudas: ¿la gente se distribuía por las gradas según sexo, edad y clase social? ¿Cómo sabemos que la gente respetaba los sitios? ¿Siempre hubo esas normas?
Intentaré dar una visión panorámica sobre la realidad histórica utilizando las fuentes históricas: los autores antiguos, la arqueología y la epigrafía.
Explicando en el tour: idealización, reconstrucción y divulgación
Para aquellos que no lo sepan: soy guía turístico oficial por la Generalitat Valenciana (además de haber trabajado como arqueólogo y como profesor de secundaria y bachillerato). Esto me permite ejercer como tal en todo el territorio nacional, cosa a la que me dedico profesionalmente en mi ciudad natal (Málaga). Donde trabajo, utilizamos gafas de realidad virtual para enseñar reconstrucciones de edificios y ambientes sociales como eran en el pasado. Esto lo conseguimos tras mucho trabajo de investigación, entrevistas a arqueólogos, profesores de la Universidad, diseño y programación. Por lo tanto, no lo hacemos utilizando inteligencia artificial, tan de moda en estos tiempos, ya que está plagada de fallos, invenciones y utiliza el plagio nutriéndose del trabajo de miles de personas como arqueólogos, ilustradores históricos, etc.
El plato fuerte del tour son estas recreaciones del pasado hechas a través de ese proceso que acabo de explicar. No hace falta que diga que la gente las disfruta muchísimo, aprende, comienza a plantearse muchas dudas y quiere comentar lo que acaba de ver.
Centrándonos en una de las escenas, uno de los puntos del tour es el teatro romano de Málaga. Este edificio es del siglo I d. C., y su descubrimiento y puesta en valor son muy recientes en el panorama cultural de mi ciudad: poco más de 70 y 20 años respectivamente.
La recreación de esta escena muestra al público distribuido por las gradas según la estructura social romana y basada en lo que sabemos de éste y de otros teatros romanos de todo el imperio.
Básicamente se dispone que la gente estaba distribuida de una manera ordenada, de mayor importancia a menor importancia social:
- En la parte baja (orchestra) estaría los senadores locales (ordo decurionum).
- Inmediatamente detrás (ima cavea) estarían los caballeros o equites.
- Luego los hombres libres pertenecientes a la plebe o plebs (media cavea).
- Y en la parte más alta (summa cavea y, o, porticus), las mujeres y los esclavos.
Esto no es más que el reflejo del orden social romano porque, y esto es muy importante, a los historiadores y arqueólogas nos importan las técnicas constructivas, los rasgos estilísticos y artísticos, pero lo que más es lo que la estructura nos refleja de la mentalidad y la cosmovisión de una sociedad; es decir, cómo se entendían las relaciones sociales, qué importancia (o no) tenían las mujeres, si había esclavos, cómo eran considerados, cómo veían los ricos a los pobres y viceversa, etc.
El público está vivo: idealización vs. realidad
Tras ver la recreación, a la gente le queda bastante claro que la sociedad romana estaba divida en clases o estamentos sociales; es decir, que no todo el mundo era igual aunque nos parezca obvio por lo que hemos aprendido en la escuela.
Sin embargo, hace tiempo recordé una ilustración que vi en una visita que hice al Coliseo de Roma. En ella puede verse una escena «caótica» que contrasta mucho con la idealizada distribución que suelen enseñarse en explicaciones y visitas: gente peleando, cocinando, pintando en las gradas, jugando a las damas, mujeres donde no deberían estar, niños haciendo travesuras, etc.
Cuando vi la imagen por primera vez, me impactó porque me hizo darme cuenta de que la vida no era tan distinta antes comparada con la de nuestros días. Es decir, ¿quién no ha intentado sentarse donde no debía o colarse en un cine, un estadio para un concierto o para un partido de algún deporte? ¿Quién no ha visto o ha participado en algaradas y altercados en los distintos tipos de espectáculos que se dan a diario en este tipo de recintos?
Teniendo en cuenta esto, suelo utilizar esa imagen para explicar que una cosa es la ley y la idealización de la realidad y otra es la realidad misma.
Pero como siempre me guío por las fuentes y no me doy por satisfecho solamente con el «sentido común», las busqué para ver qué decían sobre todo esto, sobre cómo era «realmente» la vida en este tipo de espectáculos. Y digo «realmente» porque hay que tener en cuenta que las fuentes tienen sesgos, sobre todo al ser conscientes de que fueron escritos por aristócratas que tenían sus propias cosmovisiones.
E hice bien porque, además, un turista me preguntó que cómo podemos saber que las interacciones sociales eran de esa manera y si no me lo estaba inventando. Y la respuesta está en los textos y en las pruebas epigráficas antiguas, así que vamos a desgranarlas para ver qué nos cuentan.
Fuentes textuales y epigráficas
Roma fue muy diversa porque duró muchos siglos y se extendió por muchos territorios distintos, por lo que podemos suponer que las costumbres sociales se adaptaron, cambiaron y mutaron en ambos términos.
De hecho, una cosa que no siempre nos planteamos: al principio de su historia (y durante una buena cantidad de siglos), Roma no tuvo construcciones estables para ver los espectáculos. Las luchas de gladiadores y las representaciones teatrales o de magia, mímica, etc., se organizaban y desplegaban en zonas lo suficientemente amplias donde pudiera congregarse la gente como el Foro.
Escalones de templos, gradas de madera desmontables, taburetes privados y otros elementos fueron utilizados por la población para ver tales espectáculos en la medida en que llegaran y encontraran lugares disponibles donde situarse.
Tito Livio (ss. I a. C – I d. C.) nos cuenta cómo en el 194 a. C., se hizo una primera distribución de asientos para separar a la gente común de los magistrados, senadores y otros nobles:
Los ediles curules Aulo Atilio Serrano y Lucio Escribonio Libón ofrecieron por primera vez los Juegos escénicos Megalesios. A los Juegos Romanos que dieron estos ediles asistieron por vez primera los senadores apartados del pueblo, y esta innovación, como suele ocurrir con todas, dio lugar a comentarios; unos estimaban que por fin se le había otorgado a este importantísimo estamento lo que debía haberle sido concedido mucho antes; otros consideraban que había sido sustraído de la dignidad del pueblo lo que había sido añadido a la majestad de los senadores, y que toda diferenciación tendente a establecer separaciones entre los estamentos sociales, como aquélla, contribuía a menoscabar la concordia y la libertad equitativa; desde hacía quinientos cincuenta y ocho años no había habido separación entre los espectadores; ¿qué había ocurrido de pronto para que los senadores no quisieran que la plebe se mezclara con ellos en las gradas? ¿Por qué el rico se sentía incómodo por tener a un pobre sentado a su lado?
Era un nuevo y arrogante capricho que hasta entonces no había deseado ni cumplido el senado de ninguna nación.
Dicen que hasta el propio Africano*, que había promovido una medida como aquélla cuando era cónsul, al final se arrepintió. Hasta ese punto es recomendable no cambiar nada de lo antiguo, siendo preferible atenerse a las viejas prácticas salvo que la experiencia las desaconseje claramente.
—Historia de Roma desde su fundación 34.54. Trad. José Antonio Villar Vidal. Gredos.
*Publio Cornelio Escipión el Africano, vencedor de Aníbal en Zama.
Como puede verse, la medida no sentó muy bien. Y no era para menos puesto que después de quinientos cincuenta y ocho años (según Livio) no podía pretenderse hacer una separación tan marcada y radical entre la gente que acudía a los espectáculos. Fijémonos en que Livio está dejando caer que a él no le parecía bien esta medida poniéndola como ejemplo de que la tradición es lo que funciona, sobre todo si la plebe no se muestra entusiasmada con el cambio. Lo que estaba empezando a ocurrir es que la nobilitas patricio-plebeya estaba comenzando a acumular tal poder y riqueza, que se sentía moralmente superior al resto, de ahí que empezaran a intentar acaparar los mejores lugares y la mayor cantidad de beneficios posible.
A pesar de este tropiezo, empezaron a promover la privatización del espacio público; o, al menos, eso es lo que ocurrió en tiempos del tribunado plebeyo de Cayo Graco según nos cuenta Plutarco:
(…) iba el pueblo a asistir a un combate de gladiadores en el foro y la mayor parte de los magistrados habían colocado alrededor tribunas para arrendarlas. Gayo les ordenó que las retiraran para que los pobres pudieran ver desde allí el espectáculo sin pagar. Nadie le hizo caso y, esperando a la noche anterior al espectáculo, reclutando a cuantos pudo de los obreros que habían trabajado a sus órdenes, retiró los asientos y mostró al día siguiente el lugar libre al pueblo.
—Tiberio-Gayo Graco 33 (12).5-7. Trad. Carlos Alcalde Martín y Marta González González. Gredos.
Este gesto, y otros, le costó las elecciones a Cayo y, finalmente, la vida. Pero, a pesar de la oposición de parte de la nobilitas y de la inmensa mayoría de la plebe, el proceso de segregación se acentuaba cada vez más como puede verse en una ocasión durante el consulado de Cicerón (63 a. C.) según Plutarco:
Anteriormente, los caballeros [équites] estaban mezclados con la muchedumbre en el teatro y asistían a los espectáculos junto con el pueblo sentándose donde podían. El pretor Marco Otón fue el primero que separó a los caballeros, a modo de honor, de los demás ciudadanos y les asignó un sitio propio en el teatro que tienen reservado todavía hoy. El pueblo lo tomó como una afrenta y, cuando Otón apareció en el teatro, lo recibieron con insultos y silbidos, mientras que los caballeros le dedicaron un fuerte aplauso. Volvía el pueblo a intensificar los silbidos, y entonces los caballeros aumentaban sus aplausos. Después de eso, se volvieron unos contra otros y se insultaron y el desorden se apoderó del teatro.
—Cicerón 13.2-4. Trad. Carlos Alcalde Martín y Marta González González. Gredos.
Y a la llegada de Augusto al Poder, tras décadas de guerra civil y tras el establecimiento del Principado (disfrazado de restauración de la República), se consolidó la separación de los ordines mediante la lex Iulia theatralis (alrededor del 5. d. C.). Esta ley es la que establece la distribución «canónica» que se suele explicar cuando se habla de cómo y dónde se situaba la población en los espectáculos (aunque hubo una ley anterior, la lex Roscia theatralis del 68 a. C.). Suetonio (ss. I – II d. C.) nos cuenta estas reformas en su obra en dos fragmentos distintos:
Cuando no había suficientes candidatos del estamento senatorial para las elecciones de tribunos, los nombró de la clase ecuestre, otorgándoles la facultad de permanecer, al término de su cargo, en el orden que quisieran de los dos. Por otra parte, como muchos caballeros, cuyo patrimonio se había visto notablemente reducido por las guerras civiles, no se atrevían a tomar asiento en las catorce gradas para asistir a los juegos por miedo al castigo previsto por la ley del teatro, proclamó que este castigo no afectaba a aquellos que habían tenido alguna vez la fortuna ecuestre o la habían tenido sus padres.
—Augusto 40.1-2. Trad. Rosa Mª Agudo Cubas. Gredos.
Este fragmento nos muestra cómo Augusto cambió la ley Roscia para permitir que los caballeros (ordo equester) pudieran ocupar catorce gradas a pesar de haber perdido parte de sus fortunas.
Pero es en el siguiente fragmento donde encontramos la explicación más pormenorizada de lo que supuso la lex Iulia theatralis:
La manera de asistir a los espectáculos no podía ser más desordenada y negligente; Augusto la corrigió y la sometió a un reglamento, movido por la ofensa hecha a un senador que, en Pozzuoli, durante unos juegos concurridísimos, no había hallado a nadie que le hiciera sitio entre el numeroso concurso de espectadores. Por consiguiente, se promulgó un decreto del Senado por el que debía reservarse a los senadores la primera fila de asientos cada vez que se diera en cualquier parte un espectáculo público, y prohibió que en Roma ocuparan los asientos de la orquesta los embajadores de los pueblos libres y aliados, pues se había dado cuenta de que incluso se enviaba a algunos de la clase de los libertos. Separó a los soldados del pueblo. Asignó a los plebeyos casados unas gradas especiales, así como su propia sección a los que todavía vestían la pretexta y la contigua a sus preceptores, y prohibió ocupar las gradas centrales a toda persona vestida de oscuro. En cuanto a las mujeres, no les permitió presenciar ni siquiera los combates de gladiadores, que desde hacía tiempo era habitual que presenciaran mezcladas con el público, sino desde las gradas más altas y ellas solas. Dio a las vírgenes vestales un asiento aparte en el teatro, frente al estrado del pretor. Pero del espectáculo de los atletas excluyó de tal forma a todo el sexo femenino que, cuando el público reclamó una pareja de púgiles durante sus juegos pontificales, la aplazó a la mañana del día siguiente, haciendo saber por un edicto que no quería que las mujeres fueran al teatro antes de la hora quinta.
—Augusto 44.1-3. Trad. Rosa Mª Agudo Cubas. Gredos.
Aquí está la explicación de la distribución y del porqué era así. Fijémonos en la primera frase porque nos está dando pistas de que, precisamente, la realidad era mucho más movida y vívida de la que podemos imaginar. El mismo texto nos está diciendo que la gente se comportaba en las gradas de una manera «desordenada y negligente». Bueno, muy posiblemente fuera así, pero tampoco podemos dejar pasar el hecho de que eso podría ser así a ojos de la nobilitas. Y digo esto porque la excusa que se da es la ofensa hecha a un senador de Pozzuoli ya que nadie le hubo cedido un sitio de acuerdo a su dignidad. Por lo tanto, los senadores no tenían sitios fijos y esta ley fue la definitiva para establecer, legalmente, cómo se debía sentar la gente en los espectáculos.
Pero, por si esto fuera poco, tenemos pruebas epigráficas de que estas medidas no se quedaron solamente en la capital romana.
La prueba que he elegido es la Lex Coloniae Genetivae Iuliae (Urso/Osuna) porque en su capítulo CXXVII establece quién puede sentarse en la orchestra. A pesar de ser un bronce de mediados o finales del siglo I d. C., sabemos que estas disposiciones proceden de César (aunque posiblemente modificadas por Marco Antonio). Por lo tanto, Augusto configura unas normas a las que ya su padre adoptivo empezó a dar forma:
Quicumque ludi scaenici coloniae Genetivae Iuliae fient, ne quis in orchestram ludorum spectandorum causa praeter magistratum prove magistratu populi Romani, quive iure dicundo praerit et si quis senator populi Romani est erit fuerit, et si quis senatoris filius populi Romani est erit fuerit, et si quis praefectus fabrum eius magistratus prove magistratu, qui provinciarum Hispaniarum ulteriorem Baeticae praerit optinebit, erit, et quos ex hac lege decurionum loco decurionem sedere oportet oportebit, praeter eos qui supra scripti sunt ne quis in orchestram ludorum spectandorum causa sedeto, neve quisque magistratus prove magistratu populi Romani qui iure dicundo praerit ducito, neve quem quis sessum ducito, neve in eo loco sedere sinito, uti quod recte factum esse volet sine dolo malo.
Traducción propia:
Cuando se celebren juegos escénicos en la colonia Genetiva Julia, en la orchestra se sentarán únicamente los magistrados o promagistrados del Pueblo Romano o quien tenga jurisdicción para ello, y quien sea, será o haya sido Senador del Pueblo Romano, y quien sea, será o haya sido hijo de Senador del Pueblo Romano y si alguien es Prefecto de los obreros, magistrado o promagistrado, quien gobierne, haya gobernado o gobernará la provincia hispana ulterior de la Bética o aquellas personas que, por esta ley, se sentarán en el lugar de los decuriones excepto aquellos que están escritos más arriba, que nadie se siente en la orchestra para ver los juegos, ni ningún magistrado ni quien actúe en lugar de magistrado del pueblo romano, que presida con derecho de jurisdicción lo permita o lo conduzca, ni conduzca a nadie a sentarse allí, ni permita que nadie se siente en ese lugar, para que lo que se ha hecho correctamente permanezca sin mala intención.
Como puede deducirse, toda esta disposición de normas, casuísticas y cargos se puso por escrito para establecer legalmente lo que, muy seguramente, la gente no respetaba siempre que se le presentaba la oportunidad. Por supuesto, estas normas están corroboradas por las pruebas epigráficas encontradas en asientos del Coliseo. Cerca de la entrada Este, se han encontrado inscripciones con los nombres de los grupos que debían sentarse allí. A destacar es la inscripción de uno de los asientos en la que pone Equiti Rom; esto es Equiti[bus] Rom[anis], es decir, los équites o caballeros romanos.
Los grafitis del Coliseo
Un último elemento a destacar: en la gradería del citado monumento, se han encontrado grafitis con dibujos e inscripciones hechos por la gente, entre los que se encuentran dibujos de gladiadores, nombres propios y tabula lusoria (tableros de juegos). Es otra demostración más de la dinámica social y de lo vívido que era el espectáculo también en las gradas. En palabras de Alessandra Taffero, el Coliseo es:
a gigantic metaphorical tombstone
Una gigantesca y metafórica lápida. Recomiendo mucho el siguiente vídeo de una conferencia suya sobre este tema:
Conclusiones
Creo que esta panorámica general ha dejado clara la diferencia entre ley y realidad. Por mucho que expliquemos que eran distintas, necesitamos demostrarlo con pruebas. Esto es normal porque estamos acostumbrados a las explicaciones sencillas, resumidas e idealizadas desde que aprendemos distintos conocimientos en la escuela, pero no podemos quedarnos en estas pinceladas, tenemos que ir más allá para comprender cómo pensaban, sentían y vivían nuestros antepasados. La proclamación de leyes como la Iulia theatralis nos está dando pistas de cuál era la cosmovisión de una élite que llevaba tiempo demandando un lugar separado para diferenciarse de la plebe (plebs, en latín, significa literalmente «la masa»). La segregación no indica más que las élites se sentían totalmente distintas al resto de la población, cosa que sigue sucediendo hoy en día más de lo que podemos creer.
Bibliografía:
Fuentes primarias:
- Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación. Trad. José Antonio Villar Vidal. Gredos, 1993.
- Plutarco, Vidas paralelas. Tiberio-Gayo Graco. Trad. Carlos Alcalde Martín y Marta González González. Gredos, 2010.
- Plutarco, Vidas paralelas. Cicerón. Trad. Carlos Alcalde Martín y Marta González González. Gredos, 2010.
- Suetonio, Vida de los doce Césares. Trad. Rosa Mª Agudo Cubas. Gredos, 1992.
- Lex Coloniae Genetivae Iuliae (Urso/Osuna): Epigraphic Database Heidelberg
Estudios contemporáneos:
- Edmondson, Jonathan. Public Spectacles And Roman Social Relations. York University, Toronto, Canada.
- Rawson, Elizabeth. Discrimina Ordinum: The Lex Julia Theatralis. Papers of the British School at Rome, Volumen 55 (Noviembre 1987): 83-114.
- Taffero, Alessandra. The gladiatorial graffiti of the Roman amphitheatre: long-lived memorials of imperial munera.
